Se enamoró de la persona más imperfecta habida y por haber.
Curiosamente, su imperfección le hacía sentirse completa. Nunca dejaría marchar
a su tesoro más preciado. Se sentía esperanzada, agradecida por como él había
sido con ella, feliz por compartir una vida con esa persona y orgullosa por
cómo los dos iban creciendo juntos compartiendo sueños. Él también era
imperfecto e iba en busca de una persona que pudiese completar sus
imperfecciones haciéndole perfecto. Era la pieza perdida de su puzzle. Dos piezas
que encajan perfectamente formando uno de los más bellos paisajes de un mundo
imperfecto.
Al amor no se le puede poner definición, no le pongas
límites a un sentimiento poniéndolo en un diccionario. Cada uno lo siente de
una manera dependiendo de quien se trate: empatía, enfado, decepción pero
siempre acaba ganando la alegría y la felicidad, siempre. Los problemas se arreglan y los buenos momentos superan a los malos. Da
igual el lugar lo que importa siempre es la compañía. La confianza es el pegamento
que nos mantiene unidos, si mantienes viva la confianza, seguramente nunca se
despeguen.
Es esa persona que te recuerda que cada día es una nueva
oportunidad para demostrar al mundo todo lo bueno e imperfecto que eres. Esa
persona que te anima a seguir volando, que te regala sonrisas aunque haya
tenido un mal día y que no teme abrirte los ojos cuando sea necesario. Ese tipo
de personas son las que merecen un hueco en nuestra vida, son el epicentro de
nuestra felicidad. Miró el reloj, las 17:30. Su imperfecto rostro esbozó una de
las sonrisas más perfectas jamás vistas. Era la misma sonrisa que esbozó hace
seis años y medio.
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