A veces no hace falta un arma para herir, hay veces que no
hace falta un golpe para herir, hay veces que con las palabras bastan. Diciendo
la palabra equivocada en el momento más débil y vulnerable de una persona puede
perforar todo su cuerpo, es peor que un disparo en el corazón. A mí me pasó
sólo una vez, ahí fue cuando empecé a aprender lo que significa sufrir. Ese
tipo de personas demuestran tener un corazón que sólo da la cara cuando oye una
provocación y juega sucio escupiendo esa palabra horrible en tu cara. Sabe tu
punto débil y se aprovechará de él cuando tenga la menor oportunidad.
En ese momento no tenía fuerzas para parar ese tiroteo de
palabras absurdas pero sabía que en el fondo me quedaba un poco de fuerza para
enfrentarme a ello. Me cansé de escuchar esa palabra, una palabra sin fondo y
sin argumento. Era una palabra hueca usada para rellenar el corazón vacío de
una persona marchita, un vacío que no quiere reparar. Al no querer repararlo se
venga de otros corazones para ver si así puede llenar su corazón de una manera
ruin y cobarde. Es cierto que una vez me heriste, es cierto que una vez me
pillaste desprevenido y no pude protegerme de tu sacudida de palabras.
Las palabras pueden ser un mundo para ti, o simplemente
puedes pensar que son un conjunto de letras unidas por un sin sentido. Si a esa
palabra le falta una de sus letras pierde todo su valor; si esa palabra pierde
una letra, la palabra deja de existir. Yo decidí jugar con tu palabra al
“Scrabble”. Gracias a tu palabra conseguí triple tanto de palabra y gané la
partida. Con tu sucia palabra gané el juego, así que te doy las gracias. Tú
sigue lanzando palabras, que yo seguiré jugando con ellas porque de heridas sé
sacar victorias.
