Siempre guardé esa nota en mi bolsillo a modo de
recordatorio. Toda mi vida he intentado crear retos que pueda afrontarlos para
ser mejor persona, encontrar sentido a la felicidad y aprender cada día algo
nuevo. He visto cómo la gente cumplía sueños a mi alrededor mientras yo aún
dormida intentaba encontrar sentido a la felicidad. Algunos de mis sueños fueron
rotos por desconfianza de otros. Yo fui la culpable porque fui yo quien los rompió por no creer
suficientemente en mí. Tomé el ejemplo equivocado.
Posteriormente, quise volar demasiado alto y me estampé
contra el suelo rompiendo mis alas. Fue ahí cuando aprendí que las prisas no
son buenas. Cuando quise levantarme no pude, fue ahí cuando vi que una mano se
extendía para que yo la tomase. La tomé y me dio el impulso que necesitaba para
levantarme de nuevo. Esa persona también había caído pero él sólo se había
levantado, hecho digno de admirar. Tenía
heridas en sus rodillas y yo se las curé.
Fue en ese momento
cuando descubrí lo que era la amistad. Ayuda sin pedir nada a cambio,
abrazos que sanan las heridas y sonrisas que marcan momentos. Me hizo sentir
mucho mejor y me sacó una sonrisa. Él sentía lo mismo hacía mí por lo que
decidimos caminar juntos, porque a veces hacer las cosas en equipo resultan más
fáciles. Por el camino fui haciendo más amistades. Algunos fueron de hoja
caduca, mientras que descubrí que otros eran de hoja perenne. Me ayudaron a
quererme a mí misma porque ellos ven cosas en mí que yo no veo y me ayudaron a
recordarme quién soy.
Es importante saber que aunque camines en grupo sigues
caminando solo al mismo tiempo. La presencia de estas personas es parte de lo
que eres hoy. Forman parte de tu sujeto diciendo tan sólo un “nosotros”. Te acompañan en los mejores y peores
complementos circunstanciales de lugar y tiempo. Te ayudan a que tus sueños sean más grandes
que tus miedos. Fui así cuando descubrí el sentido de la felicidad.
A veces soy un desastre y no puedo recordar siempre todo lo
que quiero. Apunto las cosas importantes en notas y siempre las llevo en el
bolsillo para que sólo las pueda leer yo. Saqué varias notas y desdoblé aquella
que estaba más arrugada. Se notaba que esa nota la había abierto más de una
vez, y tal vez siempre había estado en ese bolsillo: “Cree en mi. Reiré para
celebrar mis éxitos y lloraré para enterrar mi angustia. No me subestimes. No
pierdas la fe en mi porque nadie, y digo nadie, te puede hacer más feliz que
yo”.