martes, 24 de mayo de 2011

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Sentada en el tejado, mirando la puesta de sol, encontramos a la protagonista de esta historia. Siempre que tenía una preocupación se sentaba en el tejado y mientras miraba la puesta de sol, su cabeza le daba vueltas todo el rato a una única cosa. Ese sentimiento que tenía no le dejaba continuar y la impotencia de no saber cómo seguir, de no saber hacia dónde dirigirse la quemaba por dentro. El problema que tenía era de fácil solución, pero ella no se creía capaz de resolverlo porque requería mucho esfuerzo y no se sentía capacitada para realizar dicho esfuerzo.

Desgraciadamente, mientras ella estaba triste y le daba vueltas a su problema sin intentar siquiera resolverlo, no se daba cuenta que la vida seguía, y la vida no te espera, eres tú el que tienes que ir detrás de ella; el resignarse a vivir así y el no continuar significa dejar la vida pasar.

En cambio, dentro de su corazón sentía que era capaz de hacer lo que ella se propusiera; pero seguía bloqueada y no podía seguir. Un día decidió que no quería volver a subir al tejado porque sólo le traía malos recuerdos, recuerdos tristes en su mayoría. Por tanto, decidió buscar un nuevo sitio al que ir sólo cuando las cosas fueran bien.

El sitio que eligió era su parque favorito, se le podría considerar como su segunda casa. Allí pasaba todas las tardes desde que era pequeña, ahí aprendió a montar en bicicleta;  y en el tobogán que había junto a los columpios, se cayó por primera vez. Ella recuerda bien ese momento, se cayó y se echó a llorar; al rato se preguntó por qué lloraba si en el fondo sabía que, aunque se había hecho daño, estaba bien y podía seguir jugando; y eso hizo, seguir jugando. Esa es la razón por la cual decidió dirigirse a ese parque sólo cuando las cosas le fuesen bien, porque es un lugar que le trae recuerdos felices, recuerdo felices que nunca quería perder.

Durante los tres primeros meses no pisaba el parque porque las cosas no le iban bien. Un día, cuando por fin logró resolver su problema, volvió al parque y se sentó en un banco y empezó a reflexionar. Se sentía de la misma manera que cuando se cayó aquel día del tobogán. Pensó, ¿por qué lloro si mi problema tenía fácil solución? Y por fin llegó a la conclusión de que todo esfuerzo tiene su recompensa; nadie te dice que todo esté perdido, nadie te dice que no puedas ganarlo todo.

lunes, 2 de mayo de 2011

^^

Era una tarde de primavera, las rosas flores de los almendros pintaban las calles, las mimosas estaban más bonitas que nunca. Todo iba bien pero yo me encontraba mal, me dolía la pierna y empecé a cojear y a llorar. En un banco me senté porque no sabía qué camino escoger, necesitaba tomar aire antes de seguir hacia delante, no podía seguir el camino yo sola. 

Me dí cuenta que a lo largo del camino mis huellas se habían marcado en el suelo. Esas huellas eran una metáfora de todo lo que había ocurrido. Con lágrimas había dibujado sentimientos pero con risas fijé el camino.

Al fondo vislumbré una sombra, era familiar...pero no logré definir bien su cara. Esa sombra estaba sentada en un banco lejano, al frente. Pude verificar que se trataba de una mujer; esa mujer tenía una expresión dolorida, pero se levantó y se fue, con una expresión de dolor contenido y con lágrimas en los ojos. Ví como me miraba antes de irse; pero yo me quedé sentada en el banco, sola, pensando. 

Al rato me di cuenta que aquella mujer se había sentado a mi lado sin yo darme cuenta. Me vió con los ojos rojos y la cara llena de lágrimas y me cogió la mano. Me quedé extrañada porque en sus ojos vi que había empezado a llorar de nuevo, lloraba porque yo también había llorado; en el fondo le dolía verme llorar. Ella empapada en lágrimas dijo que con el tiempo las lágrimas se secaban y desaparecían...que el tiempo pone cada cosa en su lugar y que no llorara más...

Me escocían los ojos de tanto llorar, por esa razón no podía definir bien su cara. Pasaron unos minutos y ya podía ver. Ansiosa me giré para ver quién era esa mujer, pero...no estaba...se había ido sin darme cuenta; pero el caso era que sus palabras hicieron que la rodilla me dejara de doler.

Pero, ¿fue todo una ilusión o fue real?
Yo sabía que era real, estaba segura, segurísima...pero tenía una pregunta. ¿Por qué no me dejó agradecerle su ayuda?¿Por qué me ayudó y se fue?


Porque una madre nunca pide nada a cambio..*