Él desde pequeño va al parque con ella. Siempre ha sido su
compañera de juegos. Recuerda cómo ella
iba detrás de él para hacerle cosquillas y recuerda cómo ella le buscaba hasta
debajo de las piedras cuando jugaban al escondite. Reían juntos y discutían a
menudo pero esas cosas les hacían estar más unidos. Reñían pero después siempre se pedían perdón, se daban un abrazo y
jugaban como si nada hubiese pasado. Ella siempre le compraba golosinas y le contaba
ese cuento de las aventuras de dos sapos que él no se cansaba de escuchar. Tras
el cuento cae rendido y cierra los ojos.
Cuando abre los ojos recuerda que todo era fruto de su
imaginación. Ella existía de verdad pero nunca pudo estar junto a él. Todos
esos momentos juntos nunca llegaron a existir, eran producto de llamadas telefónicas.
Desde que tuvo uso de razón supuso que la distancia sería su máximo vínculo. Cada
noche cierra los ojos y siempre tiene el mismo sueño. Sueña que la melodía de
aquella voz y una foto que está sobre su mesita de noche se unen formando un
solo cuerpo. Sueña que puede verla, tomarla de la mano y dormirse en su regazo.
Consiguieron hacer de la distancia el ayer para mantenerse
unidos hoy. Una llamada telefónica era todo lo que tenían y siempre han sido
fieles a ese invento. Él aprendió que no hay mayor regalo que el contacto
humano y es un regalo que piensa aprovechar con todas las personas que pueda. Él
ahora sueña que llega a la terminal de ese aeropuerto y por fin puede
abrazarla, como él siempre quiso. Ése siempre ha sido su mayor sueño.