miércoles, 25 de septiembre de 2013

I wish...*

Él desde pequeño va al parque con ella. Siempre ha sido su compañera de juegos. Recuerda cómo ella iba detrás de él para hacerle cosquillas y recuerda cómo ella le buscaba hasta debajo de las piedras cuando jugaban al escondite. Reían juntos y discutían a menudo pero esas cosas les hacían estar más unidos.  Reñían pero después siempre se pedían perdón, se daban un abrazo y jugaban como si nada hubiese pasado. Ella siempre le compraba golosinas y le contaba ese cuento de las aventuras de dos sapos que él no se cansaba de escuchar. Tras el cuento cae rendido y cierra los ojos.

Cuando abre los ojos recuerda que todo era fruto de su imaginación. Ella existía de verdad pero nunca pudo estar junto a él. Todos esos momentos juntos nunca llegaron a existir, eran producto de llamadas telefónicas. Desde que tuvo uso de razón supuso que la distancia sería su máximo vínculo. Cada noche cierra los ojos y siempre tiene el mismo sueño. Sueña que la melodía de aquella voz y una foto que está sobre su mesita de noche se unen formando un solo cuerpo. Sueña que puede verla, tomarla de la mano y dormirse en su regazo.

Consiguieron hacer de la distancia el ayer para mantenerse unidos hoy. Una llamada telefónica era todo lo que tenían y siempre han sido fieles a ese invento. Él aprendió que no hay mayor regalo que el contacto humano y es un regalo que piensa aprovechar con todas las personas que pueda. Él ahora sueña que llega a la terminal de ese aeropuerto y por fin puede abrazarla, como él siempre quiso. Ése siempre ha sido su mayor sueño.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Words...*

Buscó ese libro que ella sólo sabe dónde está y se tumbó en la cama para hojearlo. Mirando los últimos 365 capítulos encontró varias páginas subrayadas. Entre capítulos había algunas hojas que estaban empapadas y otras medio arrancadas y arrugadas. En todas esas hojas deterioradas estaba siempre la misma palabra subrayada, “salud”. Pasaba las hojas y vio que algunas hojas eran de color verde y con olor a libro recién comprado. En esas hojas se había escrito exactamente lo mismo que en aquellas hojas empapadas y rasgadas. Inmediatamente buscó si la palabra “salud” también estaba subrayada en aquellas páginas intactas verdes. Sorprendida, vio que esa palabra no estaba subrayada, las palabras que estaban subrayadas eran “convivencia”, “paciencia” y “superación”.

Se quedó sorprendida cuando vio que más de la mitad de los capítulos no hablaban de ella, sino de otras personas. Ella pensó que 300 capítulos eran demasiados para haberlos dedicado a otras personas. Se sintió estúpida por un momento pero sacó el lado positivo a esas páginas: de todas aquellas historias aprendió algo nuevo. A veces la gente es cruel sin motivo, no todo el mundo es sincero cuando debe serlo, los hay valientes que son dignos de admirar y los hay cobardes que merecen nuestra ayuda. Se dio cuenta de que le había dedicado más tiempo a los demás que a ella misma. Otra vez se sintió estúpida. Había sido egoísta consigo misma.

De los capítulos 301 al 320 se dedicó a narrar todas aquellas historias que no merecieron la pena. Favores y detalles que nunca fueron recompensados o agradecidos. Del capítulo 321 al 330 contó las historias que la inspiraron y la emocionaron. Era una recopilación de todas esas historias y sentimientos que le gustaría revivir como si fuese de nuevo la primera vez. De los capítulos 331 al 340 carecían de sentido. No existían los puntos aparte ni los puntos seguidos. No había comas. Sólo había palabras que en su conjunto no tenían sentido. Todo se asemejaba a una sopa de letras en la que el lector tenía que buscar todas las palabras que pudiese, sólo así esos capítulos tendrían sentido. Eran pensamientos perdidos que tenían que ser encontrados. La mayoría de las personas no se molestan en leer esos capítulos pero ella comprendió que eran los más importantes: esas son las pequeñas cosas que el ser humano no se molesta en recordar y apreciar. El libro se terminaba, sólo quedaban 25 capítulos. Todos esos capítulos eran sobre pensamientos profundos. Eran hojas negras. Al tacto comprobó que había algo escrito pero no se podía ver. Por el tacto supo que eran capítulos escritos con letra negra de tamaño 2. Eran todas esas cosas que el corazón siente pero que nunca dice en voz alta.


Terminó el libro. En esas páginas se había narrado de todo, tristezas y alegrías. Al final daba igual la textura o el color de las páginas, todo formaba parte de ella. Lo bueno y lo malo. Ayer guardó ese libro en la estantería junto a otros 21 libros. Hoy empezó uno nuevo al que le cambiará la estructura pero hay algo que nunca podrá hacer, nunca podrá elegir el argumento de su historia.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Never let me get me down…*

Se me rompió el corazón cuando su mujer me confesó: “le detectaron cáncer y ya no se puede hacer nada, ya es demasiado tarde”. Ella no quería mencionar aquella palabra, ella no quería marcar el punto final a la vida de su marido diciéndola. Mi alma se rompía mientras me detuve a saludarle. Procuré mantener la compostura, le miré a los ojos y él me devolvió una sonrisa. Ojos sinceros que contenían lágrimas de alegría y de tristeza. A pesar de conocer su destino sabía echarle humor a la vida aunque sé que en la intimidad a veces el mundo se le venía abajo. Él me ayudó a abrir los ojos y a no dar por hecho de que tengo toda la vida por delante. Me dijo que exprimiera cada segundo y que cada segundo lo dedicase a hacer algo que realmente me guste, a hacer algo bueno para mí y para los demás. Él está exprimiendo todos sus segundos en venir a ver el mar y en disfrutar del paseo marítimo junto a sus grandes amigos. Ha sido fiel a ese mar durante treinta años y ese año no podía ser menos. Está haciendo todo lo que le da vida, lo que le ayuda a estar mejor. Lo peor de todo fue cuando llegó el momento de despedirme de él y de aquella playa. Recordé las palabras que me dijo por lo que invertí veinte segundos en darle un abrazo, otros en cinco en darle un beso y otros cinco en una sonrisa. Él nunca sabrá todo lo que me inspiró en tan poco tiempo.

Por otro lado, un día fui a visitar a una persona muy querida:

_ ¡Nos has dado un buen susto! ¿Cómo te encuentras?
_ Ya dentro de poco estoy en casa. Aquí me tratan muy bien aunque todas las máquinas de aquí son unas chivatas. ¡No se les escapa nada!
_ Para eso están, para que nos informen de todo.
_ ¡Muchas gracias por venir! ¡Ya estás hecha toda una señorita!
_ Sí, ya han pasado muchos años pero hemos hecho un hueco para poder venir a verte. Te echábamos de menos.
_ ¡Muchas gracias! Os lo agradezco mucho. ¿Sabes lo que pasa? Ahora cada uno seguimos nuestro camino y lo más importante es que lo sigamos y procurar no torcernos. Tienes que seguir tu camino sin pisotear el camino de los demás. Recuérdalo.


Son dos personas totalmente diferentes pero me hablaron con el corazón. Me dedicaron unos segundos de sus vidas para darme un consejo. Sus palabras inspiradoras nunca caerán en el olvido pero las escribo para compartirlas y para recordarme que, cuando me sienta triste, ellos se preocuparon por mí. Ahora sé que la vida no se mide en años, se mide mejor en segundos porque cada segundo cuenta. En un segundo tu vida puede cambiar por completo: un “sí”, un “no”, una palabra desafortunada, la palabra más apropiada, un tropiezo… Ahora también sé que ellos estarán orgullosos del camino que escoja porque seguiré mi propio camino y no importará los segundos que invierta porque siempre estarán bien invertidos.