Lo vuelvo a intentar una y otra vez, y siempre me caigo.
Siempre me digo a mi misma que me tengo que levantar, pero esta vez me cuesta
más que nunca. Es difícil levantarse si estás defraudado contigo mismo. Quería
demostrar que me podía superar esta vez, que era capaz, pero esta vez no ha
podido ser. Voy cuesta abajo y sin frenos. El cuerpo me pesa más que nunca, la
tristeza se ha posado en mi espalda como una mochila y el desprecio de algunas
personas hace que andar sea mucho más difícil. No tengo un punto de apoyo y caigo
en una espiral de decepción constante, es como un tobogán de sentimientos.
Sé que soy capaz de levantarme de nuevo, porque muchas veces
he sufrido por cosas peores a éstas. Una vez alguien me dijo que siempre sea
valiente, que con todo lo que he pasado soy capaz de pasar por cualquier cosa,
que no puedo volver atrás y tirar por la borda todo lo que he superado. Cada
vez que me siento triste recuerdo esa frase y siento cómo si esa persona me la
estuviera repitiendo de nuevo sólo para mí y con el mismo tono que la primera
vez. No puedo recuperar ese momento pero cada vez que lo recuerdo siempre
vienen a mí los mismos sentimientos.
Conozco perfectamente el dolor que se siente cuando las
cosas salen mal, al igual que todo el mundo. Sé qué es la soledad; sé que es
sufrir por la incertidumbre y el miedo a lo desconocido; sé qué es huir de un
problema y luego no poder esquivarlo; sé qué es no encontrar apoyo. Pero, en
cambio, también sé que es olvidar lo malo, ser feliz y disfrutar del momento.
También sé que para ganar antes hay que perder. Sólo así te das cuenta de que
lo bueno ha llegado y de que lo malo se está yendo. De momento sé que la
tristeza invade gran parte de mí, la espalda sigue pesando, pero al igual que siempre,
sé que algún día se irá y seguiré fijándome metas. Hay que saber esquivar
golpes y curar las heridas. La cicatriz siempre estará allí porque las cosas
pasan, pero nunca se olvidan.
