miércoles, 13 de julio de 2011

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Un día caluroso de verano. El sol golpea en la cara y uno siempre busca cobijo bajo una sombra. Un niño de 3 años, lleno de vida, ilusión y alegría. La única preocupación que tiene actualmente es que su juguete favorito no se pierda, que sólo lo tenga él y esperar impaciente a que sus padres le compren el juguete perfecto.

En verano, él y su prima hacen muchas cosas juntos: reír, jugar a la pelota, jugar con las raquetas, comer helados junto a la piscina… pequeños momentos que les hacían muy felices.

Por una parte, cuando ella jugaba con él, todos sus problemas desaparecían al instante. Ella se preocupaba mucho por él, le enseñaba cosas nuevas que ella aprendió a hacer a su edad (como montar en bici, pintar, jugar al fútbol…) cosas que piensas que le van a ser útiles para el día de mañana.

Cada día ella se sorprende más y más porque ve cómo va creciendo muy deprisa. Ella está muy contenta porque le ha visto crecer, desde que era un bebé y le enorgullece que poco a poco vaya creciendo y que vaya siendo más independiente.

Un día le sorprendió mucho su actitud. Estaban jugando ambos a la pelota, cuando de repente, ambos tropezaron y se cayeron. Ella aturdida, le preguntó que si se encontraba bien. A ella le daba igual el resto, lo único que le preocupaba es que él estuviera bien. El niño respondió:
_Sí, ¿ves? (acariciándose la pierna) no pasa nada. ¡A jugar!

Mientras él iba a por el balón, ella le sonrió al ver que estaba bien, aunque ella estaba un poco dolorida pero intentaba disimularlo. Él vio que su mirada ocultaba dolor, veía que se había hecho daño y añadió:

_¿Tú estás bien?¿Tienes pupa? ¡Que yo te quiero mucho!

Tras esas palabras, ella se olvidó del dolor y una lágrima de alegría recorrió todo su rostro… Ella aprendió algo de él, aprendió a ser más fuerte; y aprendió que si una persona se cae, se puede levantar de nuevo y volver a empezar de cero.