Ella y su primo seguían viviendo aventuras juntos. A ella le
gustaba el hecho de enseñarle cosas para que el día de mañana fuese buena
persona. Ella fue a visitarle a su casa porque hacía mucho tiempo que no se veían.
Para su asombro, cuando ella llegó encontró a su primo jugando a la
videoconsola:
_ ¡Hola prima!
_ ¡Hola! ¿Qué haces?
_ Estoy jugando a la videoconsola. ¿Quieres jugar conmigo?
Podemos jugar los dos pero sólo hay un coche.
_ No, no quiero. Quiero que juguemos a otra cosa que no sea
un aparato electrónico. Me voy al salón, si quieres jugar conmigo allí estaré.
_ ¡Jo! ¡Es que yo no sé cómo se quita esto, tengo que llamar
a mi papá!
_ Pues llámale si quieres que juguemos juntos.
Ella se fue al salón un tanto decepcionada por ver a su
primo jugando con una videoconsola en vez de jugar con ella. También sabía que
todos los niños preferían jugar a un videojuego porque es como su tesoro más
preciado, por lo que se quedaría allí. Se sentó en el sofá a hablar con su
familia y a los pocos minutos oyó que alguien correteaba pero no veía a nadie. Oyó otro correteo, pero no vio a nadie. La luz
de la habitación donde estaba la videoconsola seguía encendida. Cuando ella
quiso darse cuenta, una sombra acarició su brazo:
_ Le pedí a mi papá que la quitara. ¡Vamos a jugar, que yo
quiero jugar contigo!
Ella sabía que cualquier niño no hubiese hecho lo mismo que
hizo él; por lo que ella siempre valorará ese gesto. Ese gesto la demostró quién
era la primera para él. Renunció a lo que era uno de sus juguetes más preciados
por compartir unos minutos de su vida junto a ella. Le regaló su tiempo. A su
corta edad se dio cuenta por sí mismo que ella era su regalo más preciado. Al
ser tan pequeño aún no sabe que cuando sus días pintan de color gris y con
precipitaciones, él le ayuda a olvidar sus problemas por un instante. Le ayuda
a secar sus lágrimas y le enseñó cómo con un solo detalle es capaz de ayudarla
a seguir adelante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario