Puedes regalar muchísimas cosas dependiendo de lo que pese
tu monedero. Sin embargo, yo soy un poco más extraña y pienso que los regalos
materiales no son los mejores. Hay cosas que sólo puedes regalar en un momento
pero esos segundos los disfrutas como si de un regalo eterno se tratase. Me
gusta regalar sonrisas y ver cómo la gente las recibe y me las devuelven. Recuerdo
aquella vez en las que te saqué unas lágrimas de alegría: ese es el momento en
el que mi felicidad se nutre de la tuya. Recuerdo ese abrazo tras una larga
temporada sin verse, un momento en el que sientes que tu pieza perdida volvió a
su sitio. Recuerdo el primer regalo artesanal que te hice, esos regalos
totalmente personalizados en los que plasmas qué es lo que te gusta de esa
persona. Recuerdo la primera postal que te escribí, esa postal que, al igual
que el resto, dicen un “te quiero” con una imagen en la que faltabas tú. Sin
embargo, el regalo más grande es cuando recibes un “te quiero”: Dos palabras
que no son fáciles de decir, dos palabras que sólo salen alma y no hay
razonamiento, sólo sentimiento. Son dos palabras que muy pocas personas reciben
pero que una vez que salen de la boca no se pueden olvidar. Es sin duda el
regalo más grande y caro porque, por mucho que pese tu monedero, no les puede
poner un precio. Dos palabras que nunca estarán en oferta de 2x1, que nunca
podrás pagar una y llevarte dos; y lo más importante, dos palabras que nunca
van a “estar disponibles hasta fin de existencias” porque éstas nunca
desaparecen.
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