Creo que todas las situaciones, ya sean malas o buenas,
ocurren por una razón. Yo creo que es para tratar de hacernos mejor personas. Las
malas rachas están para decirte frases como“levántate”, “abre los ojos”,
“¿acaso no lo ves?” o “no merece la pena”. Por otro lado, las cosas buenas son aquellas que te hacen
sentir orgulloso de ti mismo, querido y son premios al esfuerzo, a la
perseverancia y a la paciencia. Es como un “por fin lo he conseguido”.
Un día, no recuerdo la razón, acabé perdiendo a una gran
persona y ni siquiera fui capaz de detenerlo, irremediablemente lo dejé pasar. Fue
una de las peores épocas por las que he pasado. Miraba el reloj con impotencia
porque no sabía qué hacer, el tiempo me hacía culpable de lo ocurrido. A medida
que el reloj seguía funcionando, yo miraba cómo el minutero se iba moviendo. Lo
que era todo para mí se desvaneció y se convirtió en arena. Esos finos y
brillantes granos los guardé en bote y los puse en la mesita de noche.
No había noche en la que no mirase con añoranza aquel bote;
incluso ya había memorizado por dónde el bote estaba rayado por el movimiento
de la arena. Los recuerdos junto a esa persona se reflejaban en el brillo de la
arena. La arena mantenía el brillo, aún tenía esperanza. Este mal momento me
dio a pensar que tal vez yo no era la persona adecuada o que no era lo
suficientemente buena, pero me equivoqué, el tiempo me devolvió a esa persona. Un
día decidí abrir el bote para quitar un diminuto insecto. La arena se juntó con
mis lágrimas, ésta se hizo una masa y la moldeé, y lo que antes era nada volvió
a ser todo. Sólo me hizo falta abrir los ojos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario