sábado, 21 de diciembre de 2013

Nada que perder...*

Desde siempre me he esforzado por querer ganar lo máximo posible pero no pude apreciar que perder también es bueno. A veces vivimos demasiado tiempo arrodillados con tal de ganar una cosa, algo que tal vez estropee nuestro porvenir o contamine nuestra forma de ser. Todos nos formamos de una lista de ingredientes que el resto puede llegar a conocer. Lo que es difícil de visualizar y de sentir son las distintas trazas que vienen escritas en nuestra piel en letra minúscula. Esas trazas son las que pueden producir reacciones alérgicas. Nacer es sufrido, al igual que morir. Pero una vez que respiras por primera vez garantizas que el sufrimiento ha merecido la pena. Las mejores victorias suelen ser las sufridas: aquellas en las que pones todo tu empeño y todo tu corazón con el anhelo de abrazar el resultado esperado. Son aquellas victorias que tienen un 1% de éxito, es mejor tener ese 1% que nada.

A veces queremos mantener algo que, aún sabiendo que caducó hace demasiado tiempo, creemos que podemos mejorarlo o la cobardía no hace que se dé el paso. Hay que saber hacer las cosas bien. Todo es efímero, disfruta del momento hasta que llegue la caducidad. ¿Cuándo algo caduca? No lo sabemos a ciencia cierta; a veces algo caduca cuando se pone punto y final a nuestro último capítulo. El perder algo nos duele por dentro y por fuera: lágrimas inundan nuestra mirada y nuestros días pintan de añoranza, pena y sufrimiento. Nos nutrimos de las proteínas de nuestras amistades y familiares hasta que un día nos damos cuenta de que nuestras propias lágrimas pueden pintar un bonito paisaje de acuarela. Con el tiempo hasta nos podemos dar cuenta de que lo perdido era nocivo para nosotros y alegrarnos de haber perdido esa vez. Puede que también nos riamos de haber querido mantener algo que ahora vemos que era mejor que nunca se hubiese sostenido.


De cada pérdida sale una victoria. Me arrodillé pocas veces pero sé que no volverá a ocurrir. Ahora me levanto sin miedo a una herida o a un escupitajo en la cara. Sé que me van a poner muchas zancadillas pero no me importa. Si me ponen la zancadilla sabré que me harán caer pero sé que nunca conseguirán que me arrodille. Me da igual perder, sé que tras una pérdida siempre hay una victoria: una lección que por mucho que nos la hayan contado no somos capaces de asumirla hasta que lo vivimos en nuestra propia piel. 

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