Desde siempre me he esforzado por querer ganar lo máximo
posible pero no pude apreciar que perder también es bueno. A veces vivimos
demasiado tiempo arrodillados con tal de ganar una cosa, algo que tal vez estropee
nuestro porvenir o contamine nuestra forma de ser. Todos nos formamos de una
lista de ingredientes que el resto puede llegar a conocer. Lo que es difícil de
visualizar y de sentir son las distintas trazas que vienen escritas en nuestra piel
en letra minúscula. Esas trazas son las que pueden producir reacciones alérgicas.
Nacer es sufrido, al igual que morir. Pero una vez que respiras por primera vez
garantizas que el sufrimiento ha merecido la pena. Las mejores victorias suelen
ser las sufridas: aquellas en las que pones todo tu empeño y todo tu corazón
con el anhelo de abrazar el resultado esperado. Son aquellas victorias que
tienen un 1% de éxito, es mejor tener ese 1% que nada.
A veces queremos mantener algo que, aún sabiendo que caducó
hace demasiado tiempo, creemos que podemos mejorarlo o la cobardía no hace que
se dé el paso. Hay que saber hacer las cosas bien. Todo es efímero, disfruta
del momento hasta que llegue la caducidad. ¿Cuándo algo caduca? No lo sabemos a
ciencia cierta; a veces algo caduca cuando se pone punto y final a nuestro último
capítulo. El perder algo nos duele por dentro y por fuera: lágrimas inundan
nuestra mirada y nuestros días pintan de añoranza, pena y sufrimiento. Nos
nutrimos de las proteínas de nuestras amistades y familiares hasta que un día
nos damos cuenta de que nuestras propias lágrimas pueden pintar un bonito
paisaje de acuarela. Con el tiempo hasta nos podemos dar cuenta de que lo
perdido era nocivo para nosotros y alegrarnos de haber perdido esa vez. Puede
que también nos riamos de haber querido mantener algo que ahora vemos que era
mejor que nunca se hubiese sostenido.
De cada pérdida sale una victoria. Me arrodillé pocas veces
pero sé que no volverá a ocurrir. Ahora me levanto sin miedo a una herida o a
un escupitajo en la cara. Sé que me van a poner muchas zancadillas pero no me
importa. Si me ponen la zancadilla sabré que me harán caer pero sé que nunca
conseguirán que me arrodille. Me da igual perder, sé que tras una pérdida
siempre hay una victoria: una lección que por mucho que nos la hayan contado no
somos capaces de asumirla hasta que lo vivimos en nuestra propia piel.
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